13 de noviembre de 2014

 "De inteligencia brillante, sin hacer ningún esfuerzo sobrepasaba a su hermano en todo lo que emprendían juntos. Había inventado un juego para atormentarlo: le llevaba la contra en cualquier tema y argumentaba con tanta habilidad y certeza, que terminaba por convencer a Jaime que estaba equivocado, obligándolo a admitir su error.
 - ¿Estás seguro de que yo tengo la razón? -decía finalmente Nicolás a su hermano.
 - Sí, tienes razón -gruñía Jaime, cuya rectitud le impedía discutir de mala fe.
 - ¡Ah! Me alegro -exclamaba Nicolás-. Ahora yo te voy a demostrar que el que tiene la razón eres tú y el equivocado soy yo. Te voy a dar los argumentos que tú tenías que haberme dado, si fueras inteligente."

6 de noviembre de 2014

Toco madera

 Vi acercarse en ese simple gesto a los vestigios del más puro amor lastimado, casi derrotado. Era el mismo lugar de siempre, los sonidos, los aromas que caracterizaban nuestros periódicos encuentros, pero todo había cambiado ya. Me sentí avergonzada, no pude distinguir nada más. Fue en ese mismísimo momento que la vida me pasó por adelante como un tren de carga, como una lupa que se acerca cada vez más al detalle que anuncia la cruda realidad. Supe (supimos los dos) que aquello que habíamos soñado, proyectado, jamás iba a llevarse a cabo, lo vi derrumbarse a mis pies en un segundo irreversible. Se había roto, y la lágrima que ya descendía hacia mis labios era impotente para cualquier solución.
 Nos saludamos con el tacto, abandonando ahí todo el pasado que nos conformó, deshaciendo de una vez cualquier lazo existente, olvidándonos. Y yo sabía que él lo había conseguido.

30 de octubre de 2014

El firmamento tan encapotado contribuía a recordarle su última y traicionera semana. Ya comenzaban a caer las primeras estelas de la lluvia no anunciada por el servicio meteorológico, cumpliendo así con su impuntualidad cotidiana.
Estaba recostado en su sillón, con las zapatillas calzadas pero carente de camisa, una mano detrás de su cabeza, la otra aferrando el cigarrillo que contaminaba con cadáveres de cenizas la alfombra recién estrenada (todo por obviar el daño irreversible a sus pulmones, tema delicado que suele producir inquietud, y la lógica humana transmite ignorancia a modo de solucionar sus negativas consecuencias). Si ella no lo miraba es porque él no se dejaba ver. Y le hacía arder las sienes, también, que absolutamente todos sus superiores le dirigieran gestos de repugnancia tan sólo por haberse relajado. Resultó ser el discípulo ideal durante toda su carrera y se merecía más que ningún otro la libertad de elegir qué camino tomar hacia el final de la jornada, decía él. Eso lo ponía histérico, caprichoso, resultaba más estresante que ninguna otra cosa, y por consiguiente le dedicaba al sueño más horas que las convencionales, salteándose el gimnasio y los amaneceres de práctica de piano que se había propuesto llevar a cabo. Aquella era la posición que lo había caracterizado en las ultimaciones. No tenía ganas de salir de su casa, y ahora tampoco, pero no era su culpa, si no la de sus ajustados itinerarios que no lo dejaban mezclarse con la sociedad. Si lo hacía era obligación, o esas reuniones con amigos de la infancia a las que iba por el compromiso de estar vivo.
Se oyó un fuerte trueno que determinó finalmente la tormenta que iba a atravesar el clima de esa tarde.
Cómo podía ser que esos ojos color castaña le alborotaran las ideas de esa manera. La voy a conquistar, gritó en silencio, lo voy a hacer. En cuanto se lo propusiera, estaba seguro de su victoria. Había dejado ya unos anónimos bombones en el escritorio de la muchacha. No tan misteriosos, sin embargo, eran de su propia fábrica y autoría, con el sudor de sus manos enguantadas trabajando sin cesar para esa conformación, y una etiqueta con iniciales registradas. Si sospechó algo al menos podría haber indagado, pensaba, o agradecido si confiaba con terminante certeza de su suposición. Y aquel amigo que la alcanzaba todos los días en el auto tenía las mismas intenciones que él, de eso sí estaba seguro, y por qué ese hombre estaba tan cerca, qué tenía, qué, cuál era la diferencia… pero no, no podía ella saber que él era su imaginario amante y responsable de esos regalos, no aunque los rumores afirmaran lo contrario, y ese morocho con el que se besaba no era más que un amigo. La voy a conquistar. Si no me mira, no es mi culpa. Quizá realmente no le gusto. No, qué idioteces. Tengo que resaltar más, no puedo bajar la mirada cada vez que paso por su lado. Eso era fruto de sus reflexiones, de sus torturas.
Miró los papeles que se encontraban a su lado, dentro de una carpeta. Fecha de entrega: hoy. Cerró las solapas y se limitó a desechar la colilla en un cesto. Tomaba agua y vitaminas para estar más fuerte, mirá que gran ironía. Prendió la televisión y subió el volumen al máximo. Acabó de cambiarse y se dirigió a la puerta principal. La desbloqueó y pudo vislumbrar un diluvio que crecía. Decidió salir sin paragüas a pesar de esto; tenía sus fundamentos, claro, como siempre. No pertenecía al grupo de gente que los usara, a él le gustaba que la lluvia irrumpiera en su ser empapando cada rincón del mismo.

(No admitió que el paragüas estaba roto; tampoco lo difícil que le resultaba aceptar las derrotas).

20 de octubre de 2014

Buick Hend

Ya al minuto había caído la primera lágrima, que se resistía, dura, con una fiereza que espantaba, y me anunció de una vez por todas que había estado latente todo el tiempo, escondido, pero ahí, lastimando, sin vocación alguna, igual.
No había resultado un gran día para ninguno de los dos: él se había quedado dormido para asistir a sus compromisos; yo, en cambio, llevaba encima unas pocas horas de sueño que acrecentaban mi mal humor, y para coronarlo, me había visto obligada a cambiar mis planes debido a diferentes circunstancias que acabaron por despojarme de mi convencional cordura. Nuestros itinerarios se encontraron, después de todo, entre unas improvisadas sábanas, a mi juicio algo estructuradas, en parte rutinarias, que no nos robaron una mísera sonrisa y provocaron en nuestros seres lo que sólo la biología puede explicar. Angustia en mi interior paralelamente, suspiré a modo de catarsis más que placer, las horas se pasaban lento, tediosas y arrastrando cadenas acumuladas del mismísimo pasado sin hacer ruido alguno que hiciera las veces de alarma. No tenía idea de que a él le sucedía lo mismo; en verdad, nunca la tuve (no hasta hoy).
Salimos a disfrutar las calles de Buenos Aires, capricho mío porque llovía a cántaros, contrastaba eso con el calor previo que se alojaba en el cuerpo, pero acompañaba al alma, cubierta casi de escarcha, vacía, sin sentido, sin porqué. Discutíamos, también, a anchas voces y tajantes expresiones asesinas de nosotros mismos, de lo que habíamos jurado sentir, junto con esas miradas que gritaban con odio, bronca, dolor; cualquier chispa era predecesora del incendio más furtivo. No parecía mi pareja, en aquel momento la bestia despierta dentro de mí no lo reconocía como tal (tampoco a mí misma, pero punto y aparte). Malas noticias que contribuían al clima de tensión, al que yo creía naciente en ese momento, que gran error.
No hizo falta más para disparar la debacle (¿o estaba disparada ya?). Y él lloraba, ahora sí, un rato después, claro, pero de verdad. No insistió en contenerse, a pesar de su calidad de hombre influido por la sociedad y demás contradicciones incluso internas, por una vez obedeció a sus instintos, sin involucrar perspectiva ajena a pesar de mi presencia (¿o no me consideraba así? más enigmas que dan esencia al inminente final). Me pareció bien y se vino mi mundo abajo. Detuve el tiempo, mi noción, para pensar, mal utilizado el verbo, perdón, para asimilar y recapacitar un poco mi equivocada posición. Yo quería a esa persona, mucho. Tenía al amor de mis días, que no lo era y ahora sí, desarmándose enfrente mío y yo egoísta, fría, calculadora. Fui ablandada por auto-inducción, casi inconscientemente; mis brazos lo rodearon, a su torneada espalda que tan loca me volvía en mis momentos de lucidez (sector atacado también por ésta impredecible ciclotimia, valga la redundancia: es una pena no poder disfrutar de esta maravilla a todas horas debido a mi arremolinado carácter).
Hablá, le dije con dulzura después de un vasto y prolongado silencio, cubierto de tácitas verdades que lo llevaron a responderme lo que ya sabía y creía que no. "Lo mismo de siempre". Y ahora conmigo, mucho más profundo, casi laberíntico. Vi un espejo tomando mi mano, y un sólo cruce de pupilas alcanzó para que nuestro entendimiento cayera en lo que acaecía, en las cuentas que habíamos saldado (esos pasivos recíprocos y desapercibidos) con lo que aparentaba ser una nimiedad. Las arengas fueron las tradicionales, y los besos atropellados, risas empezando a madurar, me sentí libre por fin, sin haber notado jamás antes mi prisión, y vacilaba en los suburbios de su incandescencia (la de sus fuertes extremidades), lo sostenía con pasión, con espíritu, feliz, y yo abrí los ojos, y él no, y ahí, precisamente ahí fue que nuevas cuentas por saldar...

29 de septiembre de 2014

Así paso horas: de cuatro, de tres y dos, y más tarde palíndromas. Los fáciles, salta Lenin el atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átale, demoníaco Caín, o me delata; Anás usó tu auto, Susana.

3 de agosto de 2014

Para la ciclotímica
soñadora
siempre emprendedora
enamorada
optimista
empática
sensible al extremo
e infinitos adjetivos derivados
que suelo ser

Para ustedes, que sé lo difícil que es sentirse muchas veces extraviado en el camino que uno decide cada día tomar, en este mundo lleno de obstáculos y amenazas. Solamente hay que mirarlo con otros ojos (reflexión mía, Freddie lo dirá a su manera).
Got to be some good times ahead