"De inteligencia brillante, sin hacer ningún esfuerzo sobrepasaba a su hermano en todo lo que emprendían juntos. Había inventado un juego para atormentarlo: le llevaba la contra en cualquier tema y argumentaba con tanta habilidad y certeza, que terminaba por convencer a Jaime que estaba equivocado, obligándolo a admitir su error.
- ¿Estás seguro de que yo tengo la razón? -decía finalmente Nicolás a su hermano.
- Sí, tienes razón -gruñía Jaime, cuya rectitud le impedía discutir de mala fe.
- ¡Ah! Me alegro -exclamaba Nicolás-. Ahora yo te voy a demostrar que el que tiene la razón eres tú y el equivocado soy yo. Te voy a dar los argumentos que tú tenías que haberme dado, si fueras inteligente."
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