20 de octubre de 2014

Buick Hend

Ya al minuto había caído la primera lágrima, que se resistía, dura, con una fiereza que espantaba, y me anunció de una vez por todas que había estado latente todo el tiempo, escondido, pero ahí, lastimando, sin vocación alguna, igual.
No había resultado un gran día para ninguno de los dos: él se había quedado dormido para asistir a sus compromisos; yo, en cambio, llevaba encima unas pocas horas de sueño que acrecentaban mi mal humor, y para coronarlo, me había visto obligada a cambiar mis planes debido a diferentes circunstancias que acabaron por despojarme de mi convencional cordura. Nuestros itinerarios se encontraron, después de todo, entre unas improvisadas sábanas, a mi juicio algo estructuradas, en parte rutinarias, que no nos robaron una mísera sonrisa y provocaron en nuestros seres lo que sólo la biología puede explicar. Angustia en mi interior paralelamente, suspiré a modo de catarsis más que placer, las horas se pasaban lento, tediosas y arrastrando cadenas acumuladas del mismísimo pasado sin hacer ruido alguno que hiciera las veces de alarma. No tenía idea de que a él le sucedía lo mismo; en verdad, nunca la tuve (no hasta hoy).
Salimos a disfrutar las calles de Buenos Aires, capricho mío porque llovía a cántaros, contrastaba eso con el calor previo que se alojaba en el cuerpo, pero acompañaba al alma, cubierta casi de escarcha, vacía, sin sentido, sin porqué. Discutíamos, también, a anchas voces y tajantes expresiones asesinas de nosotros mismos, de lo que habíamos jurado sentir, junto con esas miradas que gritaban con odio, bronca, dolor; cualquier chispa era predecesora del incendio más furtivo. No parecía mi pareja, en aquel momento la bestia despierta dentro de mí no lo reconocía como tal (tampoco a mí misma, pero punto y aparte). Malas noticias que contribuían al clima de tensión, al que yo creía naciente en ese momento, que gran error.
No hizo falta más para disparar la debacle (¿o estaba disparada ya?). Y él lloraba, ahora sí, un rato después, claro, pero de verdad. No insistió en contenerse, a pesar de su calidad de hombre influido por la sociedad y demás contradicciones incluso internas, por una vez obedeció a sus instintos, sin involucrar perspectiva ajena a pesar de mi presencia (¿o no me consideraba así? más enigmas que dan esencia al inminente final). Me pareció bien y se vino mi mundo abajo. Detuve el tiempo, mi noción, para pensar, mal utilizado el verbo, perdón, para asimilar y recapacitar un poco mi equivocada posición. Yo quería a esa persona, mucho. Tenía al amor de mis días, que no lo era y ahora sí, desarmándose enfrente mío y yo egoísta, fría, calculadora. Fui ablandada por auto-inducción, casi inconscientemente; mis brazos lo rodearon, a su torneada espalda que tan loca me volvía en mis momentos de lucidez (sector atacado también por ésta impredecible ciclotimia, valga la redundancia: es una pena no poder disfrutar de esta maravilla a todas horas debido a mi arremolinado carácter).
Hablá, le dije con dulzura después de un vasto y prolongado silencio, cubierto de tácitas verdades que lo llevaron a responderme lo que ya sabía y creía que no. "Lo mismo de siempre". Y ahora conmigo, mucho más profundo, casi laberíntico. Vi un espejo tomando mi mano, y un sólo cruce de pupilas alcanzó para que nuestro entendimiento cayera en lo que acaecía, en las cuentas que habíamos saldado (esos pasivos recíprocos y desapercibidos) con lo que aparentaba ser una nimiedad. Las arengas fueron las tradicionales, y los besos atropellados, risas empezando a madurar, me sentí libre por fin, sin haber notado jamás antes mi prisión, y vacilaba en los suburbios de su incandescencia (la de sus fuertes extremidades), lo sostenía con pasión, con espíritu, feliz, y yo abrí los ojos, y él no, y ahí, precisamente ahí fue que nuevas cuentas por saldar...

No hay comentarios:

Publicar un comentario