30 de octubre de 2014

El firmamento tan encapotado contribuía a recordarle su última y traicionera semana. Ya comenzaban a caer las primeras estelas de la lluvia no anunciada por el servicio meteorológico, cumpliendo así con su impuntualidad cotidiana.
Estaba recostado en su sillón, con las zapatillas calzadas pero carente de camisa, una mano detrás de su cabeza, la otra aferrando el cigarrillo que contaminaba con cadáveres de cenizas la alfombra recién estrenada (todo por obviar el daño irreversible a sus pulmones, tema delicado que suele producir inquietud, y la lógica humana transmite ignorancia a modo de solucionar sus negativas consecuencias). Si ella no lo miraba es porque él no se dejaba ver. Y le hacía arder las sienes, también, que absolutamente todos sus superiores le dirigieran gestos de repugnancia tan sólo por haberse relajado. Resultó ser el discípulo ideal durante toda su carrera y se merecía más que ningún otro la libertad de elegir qué camino tomar hacia el final de la jornada, decía él. Eso lo ponía histérico, caprichoso, resultaba más estresante que ninguna otra cosa, y por consiguiente le dedicaba al sueño más horas que las convencionales, salteándose el gimnasio y los amaneceres de práctica de piano que se había propuesto llevar a cabo. Aquella era la posición que lo había caracterizado en las ultimaciones. No tenía ganas de salir de su casa, y ahora tampoco, pero no era su culpa, si no la de sus ajustados itinerarios que no lo dejaban mezclarse con la sociedad. Si lo hacía era obligación, o esas reuniones con amigos de la infancia a las que iba por el compromiso de estar vivo.
Se oyó un fuerte trueno que determinó finalmente la tormenta que iba a atravesar el clima de esa tarde.
Cómo podía ser que esos ojos color castaña le alborotaran las ideas de esa manera. La voy a conquistar, gritó en silencio, lo voy a hacer. En cuanto se lo propusiera, estaba seguro de su victoria. Había dejado ya unos anónimos bombones en el escritorio de la muchacha. No tan misteriosos, sin embargo, eran de su propia fábrica y autoría, con el sudor de sus manos enguantadas trabajando sin cesar para esa conformación, y una etiqueta con iniciales registradas. Si sospechó algo al menos podría haber indagado, pensaba, o agradecido si confiaba con terminante certeza de su suposición. Y aquel amigo que la alcanzaba todos los días en el auto tenía las mismas intenciones que él, de eso sí estaba seguro, y por qué ese hombre estaba tan cerca, qué tenía, qué, cuál era la diferencia… pero no, no podía ella saber que él era su imaginario amante y responsable de esos regalos, no aunque los rumores afirmaran lo contrario, y ese morocho con el que se besaba no era más que un amigo. La voy a conquistar. Si no me mira, no es mi culpa. Quizá realmente no le gusto. No, qué idioteces. Tengo que resaltar más, no puedo bajar la mirada cada vez que paso por su lado. Eso era fruto de sus reflexiones, de sus torturas.
Miró los papeles que se encontraban a su lado, dentro de una carpeta. Fecha de entrega: hoy. Cerró las solapas y se limitó a desechar la colilla en un cesto. Tomaba agua y vitaminas para estar más fuerte, mirá que gran ironía. Prendió la televisión y subió el volumen al máximo. Acabó de cambiarse y se dirigió a la puerta principal. La desbloqueó y pudo vislumbrar un diluvio que crecía. Decidió salir sin paragüas a pesar de esto; tenía sus fundamentos, claro, como siempre. No pertenecía al grupo de gente que los usara, a él le gustaba que la lluvia irrumpiera en su ser empapando cada rincón del mismo.

(No admitió que el paragüas estaba roto; tampoco lo difícil que le resultaba aceptar las derrotas).

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