El firmamento tan encapotado contribuía a recordarle su
última y traicionera semana. Ya comenzaban a caer las primeras estelas de la
lluvia no anunciada por el servicio meteorológico, cumpliendo así con su
impuntualidad cotidiana.
Estaba recostado en su sillón, con las zapatillas calzadas
pero carente de camisa, una mano detrás de su cabeza, la otra aferrando el
cigarrillo que contaminaba con cadáveres de cenizas la alfombra recién
estrenada (todo por obviar el daño irreversible a sus pulmones, tema delicado
que suele producir inquietud, y la lógica humana transmite ignorancia a modo de
solucionar sus negativas consecuencias). Si ella no lo miraba es porque él no
se dejaba ver. Y le hacía arder las sienes, también, que absolutamente todos
sus superiores le dirigieran gestos de repugnancia tan sólo por haberse relajado. Resultó ser el discípulo ideal durante toda su carrera y se merecía
más que ningún otro la libertad de elegir qué camino tomar hacia el final de la
jornada, decía él. Eso lo ponía histérico, caprichoso, resultaba más estresante
que ninguna otra cosa, y por consiguiente le dedicaba al sueño más horas que
las convencionales, salteándose el gimnasio y los amaneceres de práctica de
piano que se había propuesto llevar a cabo. Aquella era la posición que lo
había caracterizado en las ultimaciones. No tenía ganas de salir de su casa, y
ahora tampoco, pero no era su culpa, si no la de sus ajustados itinerarios que
no lo dejaban mezclarse con la sociedad. Si lo hacía era obligación, o esas
reuniones con amigos de la infancia a las que iba por el compromiso de estar
vivo.
Se oyó un fuerte trueno que determinó finalmente la tormenta
que iba a atravesar el clima de esa tarde.
Cómo podía ser que esos ojos color castaña le alborotaran las
ideas de esa manera. La voy a conquistar, gritó en silencio, lo voy a hacer. En
cuanto se lo propusiera, estaba seguro de su victoria. Había dejado ya unos
anónimos bombones en el escritorio de la muchacha. No tan misteriosos, sin
embargo, eran de su propia fábrica y autoría, con el sudor de sus manos
enguantadas trabajando sin cesar para esa conformación, y una etiqueta con
iniciales registradas. Si sospechó algo al menos podría haber indagado,
pensaba, o agradecido si confiaba con terminante certeza de su suposición. Y
aquel amigo que la alcanzaba todos los días en el auto tenía las mismas
intenciones que él, de eso sí estaba seguro, y por qué ese hombre estaba tan
cerca, qué tenía, qué, cuál era la diferencia… pero no, no podía ella saber que
él era su imaginario amante y responsable de esos regalos, no aunque los
rumores afirmaran lo contrario, y ese morocho con el que se besaba no era más
que un amigo. La voy a conquistar. Si no me mira, no es mi culpa. Quizá
realmente no le gusto. No, qué idioteces. Tengo que resaltar más, no puedo
bajar la mirada cada vez que paso por su lado. Eso era fruto de sus
reflexiones, de sus torturas.
Miró los papeles que se encontraban a su lado, dentro de una
carpeta. Fecha de entrega: hoy. Cerró las solapas y se limitó a desechar la
colilla en un cesto. Tomaba agua y vitaminas para estar más fuerte, mirá que
gran ironía. Prendió la televisión y subió el volumen al máximo. Acabó de
cambiarse y se dirigió a la puerta principal. La desbloqueó y pudo vislumbrar
un diluvio que crecía. Decidió salir sin paragüas a pesar de esto; tenía sus
fundamentos, claro, como siempre. No pertenecía al grupo de gente que los
usara, a él le gustaba que la lluvia irrumpiera en su ser empapando cada rincón
del mismo.
(No admitió que el paragüas estaba roto; tampoco lo difícil
que le resultaba aceptar las derrotas).
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