30 de abril de 2014

El sopor que la había inundado esa mañana le impedía con fuerza no embriagarse en el pasado y no remembrar todo lo vivido aquel verano. Los nuevos lugares que conoció, amigos que se hizo, toda la diversión y el júbilo que le inspiraba la época, también algunos errores, claro, pero sobre todo esto su mente hacía hincapié en él. 
Las sonrisas vespertinas, cada uno de los besos que ubicó en el lugar perfecto, todas sus inteligentes palabras, el don que tenía de convertir un ordinario momento en especial. Había quedado ligada hasta que ella decidiese que era suficiente.
Recordaba con vigor la tarde que resolvió irse y dejar abandonadas todas sus esperanzas. No había papeles firmados, cierto, pero promesas abundaban, las mismas que habían quedado en el aire con el fin de esfumarse en cuanto él se perdiera en el horizonte. Renata había estado muy sola consigo misma sin ánimos de comprenderse, intentando infructuosamente minimizar el presente. Pensaba en él cada día, a cada hora. Escribía escondiendo su ser detrás de cada una de las palabras. Sus lágrimas llevaban su nombre, el nombre de él, que había desaparecido sin un adiós, sin un porqué, sin remordimientos, que estaba lejos y se había llevado todo, todo, pero se olvidó de ella por completo.
Y así continuó. Nada cambió. Ella cada mañana hacía el café mientras lo pensaba, corría mientras él le invadía la mente, estaba presente incluso cuando dormía y ahí más que nunca, ni siquiera en sueños podía escapar de su recuerdo. Tampoco sabía si quería escapar de él. Escapar. No. Volver. Mejor.
Renata ya estaba entregada a su posición, la aceptaba, incluso comenzaba a acostumbrarse. No le encontraba el sabor dulce pero había intentado justificarla. Cada tanto sonreía con sinceridad, pero a ser justos, la fracción más grande de la causa de esos gestos la adjudicaba a todas sus memorias.
Y así fue, como uno de esos tantos días apilados sin etiqueta ni sentido, pasó. Simplemente. Lo vio. A él. Renata se lo encontró a él. Jamás iba a olvidarse de lo qué, de cómo se sintió. Nuevamente. Sacudió su melena roja con nerviosismo y buscó la falla del plan. Ninguna respuesta, era tan real, ahí parado irradiando caballerosidad, con la mirada de siempre. Era todo tan idéntico. Todas sus células revueltas en su interior conformaban un alboroto que le dificultaba pensar con sensatez. Era hermoso, simplemente perfecto. Se acercó con cautela y lo observó. Podría haberse tratado de días, pero la realidad es que sólo fue un momento el que ella se petrífico contemplándolo. Y él le devolvió la mirada, los latidos del corazón, le devolvió el color de sus mejillas y las banales ganas que se habían eclipsado con su ausencia. Estaba enamorada, lo comprobó en ese minúsculo instante en el que sus ojos se cruzaron con profundidad. Entendió que jamás habría podido prescindir de él, porque lo amaba y porque era todo lo que a ella le faltaba. Era su sostén, su guía, la definición del modelo que había soñado a futuro, era su objetivo y motivación. La felicidad invadía sus pómulos sin que ella pudiera disimularlo, se encontró completa y a tope. Ahora sí podía, y descubrió cómo todas esas positivas palabras que se habían escabullido de su diccionario retornaban contentas y con una razón válida para seguir. Así era como ella quería estar, y que nada cambiara nunca.
Pero despertó en el preciso momento en el que había comenzado el placer a correr por sus venas. Una vez más, no había podido huir de él. Estaba siempre presente, la pasión a flor de piel sin ocasión de compartirla. Se encontró pensando lo mismo que segundos atrás, pero en soledad.
Se despegó de su cama y preparó el café. Esta vez no iba a ser diferente.

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