El sopor que la había inundado esa mañana le
impedía con fuerza no embriagarse en el pasado y no remembrar todo lo vivido
aquel verano. Los nuevos lugares que conoció, amigos que se hizo, toda la
diversión y el júbilo que le inspiraba la época, también algunos errores,
claro, pero sobre todo esto su mente hacía hincapié en él.
Las sonrisas vespertinas, cada uno de los
besos que ubicó en el lugar perfecto, todas sus inteligentes palabras, el don
que tenía de convertir un ordinario momento en especial. Había quedado ligada
hasta que ella decidiese que era suficiente.
Recordaba con vigor la tarde que
resolvió irse y dejar abandonadas todas sus esperanzas. No había papeles
firmados, cierto, pero promesas abundaban, las mismas que habían quedado en el
aire con el fin de esfumarse en cuanto él
se perdiera en el horizonte. Renata había estado muy sola consigo misma sin
ánimos de comprenderse, intentando infructuosamente minimizar el presente.
Pensaba en él cada día, a cada hora.
Escribía escondiendo su ser detrás de cada una de las palabras. Sus lágrimas
llevaban su nombre, el nombre de él, que
había desaparecido sin un adiós, sin un porqué, sin remordimientos, que estaba
lejos y se había llevado todo, todo, pero se olvidó de ella por completo.
Y así continuó. Nada cambió. Ella cada
mañana hacía el café mientras lo pensaba, corría mientras él le invadía la mente, estaba presente incluso cuando dormía y ahí
más que nunca, ni siquiera en sueños podía escapar de su recuerdo. Tampoco
sabía si quería escapar de él. Escapar. No. Volver.
Mejor.
Renata ya estaba entregada a su
posición, la aceptaba, incluso comenzaba a acostumbrarse. No le encontraba el
sabor dulce pero había intentado justificarla. Cada tanto sonreía con
sinceridad, pero a ser justos, la fracción más grande de la causa de esos
gestos la adjudicaba a todas sus memorias.
Y así fue, como uno de esos tantos días
apilados sin etiqueta ni sentido, pasó. Simplemente. Lo vio. A él. Renata se lo encontró a él. Jamás iba a olvidarse de lo qué, de cómo se sintió. Nuevamente. Sacudió su melena roja con nerviosismo
y buscó la falla del plan. Ninguna respuesta, era tan real, ahí parado
irradiando caballerosidad, con la mirada de siempre. Era todo tan idéntico. Todas sus células
revueltas en su interior conformaban un alboroto que le dificultaba pensar con
sensatez. Era hermoso, simplemente perfecto. Se acercó con cautela y lo
observó. Podría haberse tratado de días, pero la realidad es que sólo fue un
momento el que ella se petrífico contemplándolo. Y él le devolvió la mirada, los
latidos del corazón, le devolvió el color de sus mejillas y las banales ganas
que se habían eclipsado con su ausencia. Estaba enamorada, lo comprobó en ese
minúsculo instante en el que sus ojos se cruzaron con profundidad. Entendió que
jamás habría podido prescindir de él, porque lo amaba y porque era todo lo que
a ella le faltaba. Era su sostén, su guía, la definición del modelo que había
soñado a futuro, era su objetivo y motivación. La felicidad invadía sus pómulos
sin que ella pudiera disimularlo, se encontró completa y a tope. Ahora sí podía, y descubrió cómo todas esas
positivas palabras que se habían escabullido de su diccionario retornaban
contentas y con una razón válida para seguir. Así era como ella quería estar, y
que nada cambiara nunca.
Pero despertó en el preciso momento en
el que había comenzado el placer a correr por sus venas. Una vez más, no había
podido huir de él. Estaba siempre
presente, la pasión a flor de piel sin ocasión de compartirla. Se encontró
pensando lo mismo que segundos atrás, pero en soledad.
Se despegó de su cama y preparó el
café. Esta vez no iba a ser diferente.
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