Cuando una relación
con otra persona se convierte en periódica y mecánica, cuando se transforma en
una rutina, en un círculo vicioso del cual escapar tiene muchas desventajas,
aburre. Se vuelve un peso a nuestra vida cotidiana, y no nos aporta ningún beneficio
ni ganancia (humanísticamente hablando, claro. Nadie se enamora con fines de
lucro).
Tengo la suerte, o
mejor dicho la virtud, de que no me sucede nada ni remotamente parecido a eso.
Estoy rendida a los pies de quien creo uno de los mejores seres humanos de la
Tierra. Y me puedo jactar con mucho orgullo de que cada vez que lo veo, o lo
escucho nombrar, o simplemente mi cabeza retrae su figura, atraviesa mi cuerpo
una sensación cargada de placer y otras sustancias formidables e indescriptibles (porque si lo fueran no serían realmente tan geniales). Desde
hace un tiempo él supo ocupar todos los puestos que estaban vacantes en mi
alma, e inclusive también compite por los que no lo están. Puedo adjetivarlo con
un millón de características que se superen en excelencia, pero nunca va a
quedar completamente explícito, y va poder agregarse una más sin importar su
verosimilitud; es el número irracional que surgió a mi lado, se aferró fuerte
de mi mano y mi corazón, para no soltarme, para acompañarme, para emprender
juntos este camino que consta de un horizonte difuminado y desvanecido. Es una
persona completamente admirable en los campos individual y colectivo, ¡enorme!,
con una voluntad y energías bien empleadas en el mundo envidiables, me llena el
alma tanto contemplarlo en tercera persona como tenerlo de protagonista en
todas mis acciones. Ocupa una porción muy grande de mi sistema, que él se ganó
y tiene bien merecida, por todos los valores que aplico en mí y cómo eso me
hizo (y hace, y seguirá haciéndome, y así podría seguir utilizando todo el
paradigma verbal) sentir de bien.
Hace algún tiempo
atrás, bastantes años, mucho antes de conocer a este extraordinario hombre en
cuestión, me preguntaba qué era el amor, y si era lo que estaba sintiendo en
ese momento, o no. Inmediatamente me respondía a mí misma: lo sabría más
adelante cuando, habiendo acumulado otras experiencias, podría compararlas y determinar
si tenía razón o no.
Lo mejor de lo que
estoy viviendo ahora es notar lo errada que estuve en el pasado. No.., pero ni de
casualidad seguí mi propio consejo. Estaba equivocada al creer que podría
llegar a comparar algo de esta belleza con los instantes esporádicos que previamente tuve la oportunidad de vivir, y encima calificarlo tan básicamente como “experiencia”.
No, señor. El día que
le encuentre un nombre a este menjunje de cosas que estoy viviendo, y apreciando,
y disfrutando, y demás etcéteras, ése momento va a ser cuando note que en
realidad estoy padeciendo de un hábito, de una costumbre, de un vicio, que no
tengo que dejar propagar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario